España volvió a demostrar que el buen fútbol también puede conquistar el mundo. La selección dirigida por Luis de la Fuente cerró un Mundial perfecto con siete victorias consecutivas, derrotando a tres de las grandes potencias del fútbol internacional: el Portugal de Cristiano Ronaldo, vigente campeona de la UEFA Nations League; la Francia de Kylian Mbappé, finalista de las dos últimas Copas del Mundo; y, en la gran final, a la Argentina de Lionel Messi, defensora del título. La Roja fue superior a todos con solo un gol recibido en todo el campeonato.
Desde el silbatazo inicial en el MetLife Stadium, el conjunto español impuso las condiciones del encuentro. Con mayor frescura física y fiel a su identidad, monopolizó la posesión del balón y obligó a Argentina a perseguir el juego durante gran parte de la final.
Con el paso de los minutos, la frustración comenzó a hacerse evidente en el conjunto sudamericano. Los intentos por cortar el ritmo del partido mediante faltas tácticas, constantes interrupciones y acciones al límite del reglamento se repitieron durante buena parte del encuentro, en un esfuerzo por romper el circuito de pases español cuando el balón parecía imposible de recuperar.
El dominio español fue tan marcado que Lionel Messi pasó largos tramos prácticamente desconectado del juego. Argentina se vio obligada a correr detrás de la pelota mientras España parecía contar siempre con un hombre más para elaborar cada jugada.
Aunque el control era absoluto, las ocasiones claras tardaron en llegar. Lamine Yamal y Mikel Oyarzabal fueron los únicos que lograron inquietar a Emiliano “Dibu” Martínez durante la primera mitad, pero el guardameta argentino respondió con seguridad para mantener el empate.
El desgaste acumulado por Argentina comenzó a hacerse evidente antes del descanso. El segundo tiempo profundizó aún más las diferencias entre ambos equipos. Mientras España incrementó su dominio, Lionel Scaloni intentó modificar el mediocampo para equilibrar la posesión, pero Luis de la Fuente respondió a cada movimiento desde la banca y mantuvo el control táctico del encuentro.
Emiliano Martínez comenzó entonces a engrandecerse. El arquero argentino evitó el gol en repetidas ocasiones con intervenciones ante Dani Olmo, Álex Baena, Ferran Torres, Pedri y Nico Williams. Incluso Pau Cubarsí estuvo cerca de abrir el marcador, pero nuevamente apareció el portero para sostener con vida a la Albiceleste.
La presión española terminó por romper el orden argentino en los minutos finales del tiempo reglamentario. Enzo Fernández recibió la tarjeta roja, culminando un partido en el que Argentina recurrió cada vez más al contacto físico conforme el resultado y el desarrollo del juego se alejaban de sus manos.
El contraste entre ambos porteros resumió buena parte de la final. Mientras Martínez fue la gran figura de Argentina, Unai Simón prácticamente fue un espectador. La selección sudamericana, que había llegado como el ataque más goleador del torneo y había marcado al menos dos tantos en todos sus partidos, no consiguió realizar un solo disparo que exigiera al guardameta español.
La superioridad de España continuó durante el tiempo extra. Argentina resistía con el orgullo de un campeón, defendiendo cada balón con el corazón mientras las piernas comenzaban a fallar. La Roja insistía una y otra vez, convencida de que la recompensa terminaría por llegar.
Y llegó apenas iniciado el segundo tiempo extra. Nico Williams rescató un balón y envió un centro preciso, donde Ferran Torres apareció para definir y enviar el balón al fondo de la portería, desatando la celebración española.
Lejos de rendirse, Argentina encontró fuerzas donde parecía no haberlas. Con un futbolista menos, varios jugadores visiblemente exhaustos y algunos prácticamente rengueando, adelantó líneas en busca del empate. Fueron los únicos minutos del partido en los que España cedió parte de la posesión, aunque la Albiceleste empujó más con orgullo que con claridad. Incluso rozó la igualdad con un balón desviado por la defensa y una oportunidad que Simeone no logró aprovechar dentro del área.
España administró la ventaja hasta el pitazo final y levantó la copa por segunda vez en su historia, consolidando una generación que ya había conquistado la Eurocopa y que ahora alcanzó la cima del fútbol internacional.
La Roja no solo fue campeona. Lo hizo siendo fiel a una identidad que muchos cuestionaron durante el torneo por considerarla demasiado conservadora. Terminó el Mundial con la mejor defensa de la competencia, anuló a los ataques más poderosos del campeonato y derrotó, uno tras otro, a los últimos grandes campeones del fútbol internacional.
Ganó el equipo que mejor jugó. El que nunca renunció a su estilo. El que impuso el fútbol sobre la desesperación cuando el partido se complicó y el que demostró que controlar el balón también es una forma de dominar el mundo.
Dicen por ahí que los delanteros ganan partidos y los defensas campeonatos… y ese fue el caso de la Selección Española este torneo.
Con todo mi amor para quien compartió el triunfo conmigo y me enseñó esa frase. Y a ellos, por haber demostrado una vez más que “Para construir un sueño, lo primero que hace falta es estar despierto” – Joan Manuel Serrat.





